La gran fiesta del turf está que explota. La gente comienza a llenar cada rincón del Hipódromo de Tucumán. Todos lucen sus mejores atuendos, la ocasión así lo requiere. Hombres y mujeres, adultos, jóvenes y niños se aglutinan al costado de la pista, vibrando al compás de cada galope. Al deporte "burrero" lo viven todos. No hay distinción ni de géneros ni de clases sociales.
La emoción rebalsa a cada segundo. La pasión que despierta no se puede explicar en estas líneas. Hace falta vivir la experiencia para percibirla en su total magnitud.
El sol calienta la épica jornada. Entre carrera y carrera un murmullo ensordecedor comienza a encender el fuego de la siguiente prueba. El nombre de un posible ganador corre de boca en boca, más rápido que noticia de último momento. Algunos se devoran las revistas de estadísticas, buscando una asistencia de la diosa fortuna. Otros prefieren bajarle los decibeles al asunto, y calmar los nervios, disfrutando un trago en la cantina.
En un abrir y cerrar de ojos, las ventanillas de apuestas son el centro de atención. Algunos siguen al pie de la letra algunas cábalas. Todo vale con tal de pegar el golpe de suerte.
La voz de un gordito "sargentón" incita a los presentes a redoblar sus apuestas, mientras los caballos desfilan antes de meterse en los partidores. La pasión no cesa. Todo lo contrario, va en aumento a cada segundo y se transmite de generación en generación. Los niños viven las pruebas con la misma intensidad que los mayores. Los privilegiados, suben a recibir los premios acompañados por el jinete. El murmullo vuelve a escena cuando por los altoparlantes anuncian que el "Batalla" está al caer. Las pulsaciones explotan a lo largo de los 2.200 metros. Algunos gritan, otros prefieren sufrir en silencio.
Cuando el vencedor cruza el disco los abrazos se multiplican. El rito se repite cuando llega la hora de recibir al campeón. Todo es festejo y emoción. Pero después, vuelve la calma. Sólo por un instante, cuando el murmullo feroz vuelve a pedir pista y la pasión vuelve a ganar por goleada.
La emoción rebalsa a cada segundo. La pasión que despierta no se puede explicar en estas líneas. Hace falta vivir la experiencia para percibirla en su total magnitud.
El sol calienta la épica jornada. Entre carrera y carrera un murmullo ensordecedor comienza a encender el fuego de la siguiente prueba. El nombre de un posible ganador corre de boca en boca, más rápido que noticia de último momento. Algunos se devoran las revistas de estadísticas, buscando una asistencia de la diosa fortuna. Otros prefieren bajarle los decibeles al asunto, y calmar los nervios, disfrutando un trago en la cantina.
En un abrir y cerrar de ojos, las ventanillas de apuestas son el centro de atención. Algunos siguen al pie de la letra algunas cábalas. Todo vale con tal de pegar el golpe de suerte.
La voz de un gordito "sargentón" incita a los presentes a redoblar sus apuestas, mientras los caballos desfilan antes de meterse en los partidores. La pasión no cesa. Todo lo contrario, va en aumento a cada segundo y se transmite de generación en generación. Los niños viven las pruebas con la misma intensidad que los mayores. Los privilegiados, suben a recibir los premios acompañados por el jinete. El murmullo vuelve a escena cuando por los altoparlantes anuncian que el "Batalla" está al caer. Las pulsaciones explotan a lo largo de los 2.200 metros. Algunos gritan, otros prefieren sufrir en silencio.
Cuando el vencedor cruza el disco los abrazos se multiplican. El rito se repite cuando llega la hora de recibir al campeón. Todo es festejo y emoción. Pero después, vuelve la calma. Sólo por un instante, cuando el murmullo feroz vuelve a pedir pista y la pasión vuelve a ganar por goleada.